martes, 27 de diciembre de 2011

Papa Noel odia a los niños pobres

     La muerte del joven Oliveira en la madrugada de la última Navidad paralizó a toda la ciudad. No era una novedad, pasaba todos los días y todas las navidades, pero eso no se le dejaba saber a la gente pues una noticia así superaba la valla de morbo establecida por los periódicos amarillistas de la capital. Nadie su hubiera dado cuenta si el pequeño Oliveira no hubiera fallecido arrodillado en frente de una tienda importante de una zona algo exclusiva de Lima. No murió de frio pues no era suficiente, murió de hambre y tristeza.
                Sonaba Silent Night interpretado por Sinatra en una concurrida zona de Miraflores, la armoniosa voz del cantante era opacada por los carros y los sonidos de altavoces de anfitrionas anunciando descuentos en las tiendas. Oliveira, desde que tiene uso de razón, busca la felicidad. La había encontrado un par de meses antes de su muerte, de llamaba Cielo y vendía rosas por la calle de las pizzas. Era julio cuando le conoció y el frío miraflorino calaba en sus huesos, él trabajaba junto a la niebla matinal cuidando los carros que estacionaban cerca al parque Kennedy. Le gustaba quedarse cerca a donde trabajaba ella para poder verla, en octubre se decidió y le habló, le compró una rosa y se la regaló al instante.
                - ¿Eres zonzo, no? – dijo ella.
                Cielo tenía la misma edad que Oliveira: 14, no obstante, ambos podrían parecer de 12 o hasta 11 debido a su desnutrición. Le llamó a partir de entonces “Oli” y este se cambió al negocio de la venta de rosas, el cual era más rentable que el cuidado de autos. Ya había empezado el calor primaveral así como la oleada de turistas que llegaban al Perú a hospedarse en Miraflores. Es así como “Oli” y Cielo le complementaron a la venta de rosas la repetición del típico: “uan dólar mister plis” extendiendo la mano hacia los metroochentes gringos que, conmovidos por la dulzura inherente de la pobreza, sucumbieron a darles dinero o comida. Oliveira era de ojos negros, cabellera negra y piel peruana, de un color que él sabía que no era marrón sin embargo tampoco era blanco ni cobre, él no sabía cómo se llamaba su color. Era algo pequeño, sin embargo era más alto que Cielo quien medía 1.52 metros. Esta, en cambio, tenía su color de piel bien definido: Canela, o al menos eso decía ella.
                Pasaban los días, ya llegaba noviembre y seguían trabajando y durmiendo en un parque del centro de Lima, Cielo le hizo a su compañero más pasadera la pobreza, sin embargo ni uno conocía algo diferente a su estilo de vida, de esa forma Cielo se comenzó a aburrir. Oliveira comenzó a descender a un falso infierno.
                Una noche, especialmente no cálida de primavera, “Oli” fue a buscar algún otro lugar donde vender más rosas. Paseó por la avenida Benavides, llegó al malecón y se perdió. No fue hasta la madrugada cuando pudo llegar nuevamente al parque Kennedy donde Cielo debería estar esperándolo como tantas veces cuando se separaban para vender más. Las luces de la calle de las pizzas seguían prendidas y aún había gente consumiendo, Cielo estaba en una de las bancas que estaban al cruzar la calle. No estaba sola.
                Oliveira se acercó a ella, la miró y le hizo un gesto amistoso para que ya se vayan. Oliveira sospechaba lo que le iba a pasar, Cielo lo miró como si estuviera frente a un perro. Se sintió invisible y casi muerto, intentó hablarle pero aquel tipo que estaba con ella se impacientó. Le llamó por otro nombre, y poco a poco el mundo de Oliveira se insonorizó. Cielo se fue con aquel joven, quien no debía ser muy mayor que ambos pues conservaba la juventud en sus facciones pero era contrastablemente más grande que él y su desnutrido cuerpo de 14 años.
                Una parte de Oliveira se enfermó en ese momento, sintió algo peor que ese vacío en el pecho. Estaba de rodillas en frente de esa banca, intentaba que la imagen de Cielo no desapareciera, quería recordar su rostro y la sonrisa que ella ponía cada vez se encontraban ahí. No podía, perdía. Las luces de la calle de las pizzas se apagaron y la neblina se tragó a Oliveira, ahí comenzó a morir un poco.
                Despertó en medio de la gente caminando, parecía ser de mañana y el sol quemaba el suelo debajo de sus rodillas. Nadie se molestó en despertarlo. Ya levantado miró esperanzado la banca, no había nadie y empezó a llorar. Lloró lo que no había llorado, los golpes de sus padres, el hambre, la muerte vista en primera persona. Pero nada le importaba, al final todos sus pensamientos se dirigía a Cielo, y su llanto no molestaba a nadie pues no era escuchado, era invisible para aquellos que caminaban a su costado. En medio de la ciudad, Oliveira rompió su alma con un grito y nadie se enteró. Sin embargo aún era octubre, y aún seguía vivo. A pesar de estar deprimido intentó seguir viviendo de la venta de las rosas, pero no sabía dónde comprarlas así que tuvo que dejar el negocio floral. Noviembre comenzó con hambre y tristeza, aunque nada de eso era novedad. Oliveira volvió a cuidar autos para subsistir hasta que un pirañita intentó robar una de las partes del carro que él estaba cuidando.
                 Por primera vez en sus 14 años de vida, golpeó a alguien. “Tajo” se hacía llamar el otro chico, y parecía ser algo mayor que Oliveira. Tajo se abalanzó contra él mientras este intentaba poner toda la resistencia posible, estaba debilitado por el hambre. Oliveira se sacó a su agresor de encima suyo y quiso escapar, sus piernas estaban listas para correr sin embargo no lo hizo. La furia se apoderó de él cuando vio a Tajo sacando un cutter. ¿Me quiere matar? ¿Qué le he hecho yo?  ¿Por qué me quieres matar? Se preguntó así mismo. Su adversario se puso de pie y estaba dispuesto a atacarle pero Oliveira, a pesar de su mala condición, le propinó un certero golpe en el estómago, le clavo su propia arma en su mano y lo golpeó hasta que no pudiera responder.
                “Cada golpe que hacía era un chapoteo desesperado para que no me matara con ese cutter, tenía miedo. No sabía quién era él, solo vino a incomodar mi vida al igual que ese que se llevó a Cielo. Cada golpe en contra de este ladrón era un golpe en contra de ese tipo. Esa sangre en mis manos, sus gritos de compasión. La tibieza y la ignorancia de la gente”
                La revolución mental de Oliveira expresada en la golpiza llena de miedo y rencor podría haber conmocionado a los mayores pensadores del siglo, pero nadie los veía. Una gota de sangre piraña saldría despedida del puño oprimido y caería en la corbata de un ejecutivo que pasaba por ahí cuando salía de su trabajo. Al llegar a su casa, el hombre de negocios pensaría que es una manchita de Ketchup y la lamería, así el ejecutivo contraería VIH y jamás sabría porqué.
                Anochecía, Tajo estaba con algunas vendas en la cara y en la mano. Oliveira estaba sentado junto a una mancha de pandilleros y pirañitas quienes parecían adoptarlo. Ya a los cinco minutos estarían planeando cómo conseguir plata en ese barrio, pero el chico que solo pensaba en Cielo no se permitía otro tipo de concentración. Sus manos seguían rojas, y de un momento a otro una bolsa llegó a sus manos. Sabía bien lo que era a pesar de que jamás había aspirado terocal, fingió una esnifada y pasó la bolsa al pandillero de su costado.
                - Tengo 5 bujías, chapamos 5 carros y los demás de campana – dijo Tajo.
                - A mí dame una bujía ah, que yo tengo buena puntería – intervino un niño, se notaba claramente que era el menor del grupo, tal vez 7 o 8 años.
                - No Balita, tienes buena puntería pero por la puras, si vamos a tirar de cerquita y encima como no le das fuerte la luna no se rompe – le respondió.
                Balita se ofendió, con algo parecido a un puchero, el grupo rió y volvieron a organizar el plan. Eran 8, nadie quería ser campana pero los más pequeños tuvieron que hacerlo. Hubo quejas, risas, chacotada disfrazada de insultos que no ofendían a nadie. Oliveira se frotaba la sangre de las manos, Tajo lo miró y le dio una sonrisa.
                Se dio cuenta que varios lo miraban con una especie de respeto, en especial ese tal Tajo quien parecía querer ser su subordinado. Los jóvenes habían planeado robar un par de estéreos de los carros estacionados en Larco, Oliveira solo asentía pero no hacía caso a lo que decían. Seguía concentrado en sus manos donde la sangre ya se había vuelto carca. Caminando al lugar del plan pasaron por una tienda y después de tiempo la tristeza de Oliveira se vió encarnada en Cielo y aquella otra persona. Estaban mirando los escaparates donde se exhibía un vestido con motivos navideños, parecía realmente caro.
                No hubo tiempo para reaccionar, Oliveira ya había embestido a ese hombre. Cielo gritó y lo miró con odio y asco. Aquel golpe no fue suficiente para tumbar al tipo y este sujetó a su atacante del cuello listo para golpearlo. Toda la pandilla se abalanzó al tipo antes de que este golpeara a Oliveira. Tajo logró tirarle la bujía a la cara lo cual lo hizo sangrar. A los pocos segundos los guardias de seguridad de la tienda habían llegado a socorrer al acompañante de Cielo. Tajo dio voz de huída y todos empezaron a correr en diferentes direcciones. Un guardia atrapó a uno de los jóvenes pero Oliveira lo logró liberar golpeando al guardia. Tajo jaló a Oliveira para que escaparan, sin embargo Balita aún seguía forcejeando para liberarse de uno de los guardias. El niño noto que la bujía estaba debajo de él, la tomó y atacó el ojo de su opresor. Se liberó y comenzó a correr pero el otro de los vigilantes, el que Oliveira golpeó, se lanzó a su tobillo para atraparlo. Balita estaba en el borde de la vereda cuando cayó, su cabeza y su pecho golpearon la pista.
                “El sonido de la caída, los gritos de Tajo y Cielo, el estruendo de los poco eficientes frenos de una camioneta 4x4, un sonido indescriptible acompañado de un chillido desgarrador. No pude hacer nada. El guardia de seguridad desapareció de la escena y Tajo también; Cielo, su acompañante y el guardia restante estaban manchados de sangre, atónitos. El neumático del carro había destrozado el cráneo de Balita, la fuerza del impacto desgarró su pequeño cuerpo separando su columna de su torso. El carro aceleró abollando otras carrocerías y escapó. Los demás carros siguieron avanzando, ya no había nadie más en la escena. No había curiosos, ni transeúntes ni nada. Esa noche había muerto un niño sin nombre. Si hubiera noqueado al guardia que te sujetó tal vez seguirías vivo, si no hubiera atacado a ese hombre tal vez seguirías vivo, si no los hubiera conocido a Tajo y a los demás tal vez seguirías vivo. Balita, perdóname.
                Corrí hacia el mar, era el único lugar que parecía ser el mismo a cada momento. Pensé en Cielo, el cielo jamás era el mismo. Ahora tenía el mismo color del mar, ambos me rememoraban a la muerte. Vomité, el cielo de Lima era gris a veces, aunque también lo había visto celeste, morado, rojo y naranja. No me fijé en qué momento había empezado a llorar pero mi cara estaba bañada por las lagrimas. No sabía si fueron causados por Cielo o por Balita. Así pasé un mes mendigando”
                “Me propuse a visitar el lugar de la muerte de Balita. Había vuelto a hablar con Tajo quien ahora vendía gaseosas en el balneario donde yo solía estar. No quiso ir, no le culpo. Era 24 de diciembre y había bastante movimiento en la zona comercial miraflorina. El decorado navideño era excesivo, así como el árbol gigante en medio del ovalo y los papa noeles que me miraban con desprecio y me empujaban. Creo que me odiaban, tal vez porque soy pobre. Llegué a la tienda de donde salía y entraba gente a cada instante, el vestido que Cielo admiraba seguía en el mismo lugar. Todo el dinero que había ganado mendigando lo ahorré para comprar el vestido, le pedí a Tajo que lo contara por mí y me dijo que tenía como ciento cincuenta soles, eso debería ser bastante pues pesaba bastante. Yo no sabía contar así que tampoco sabía cuánto costaba el vestido, pero seguramente me debería sobrar. Intenté entrar pero el guardia no me dejó, no eran los mismo guardias de hace un mes. No creo poder averiguar si escaparon o si fueron sometidos a la ley, aunque creo que lo último es lo menos probable. Me quedé esperando un rato afuera de la tienda, observaba el lugar exacto donde la cabeza de Balita fue destruida por  las llantas de carro y le recé. Comenzaba a anochecer, y el flujo de gente disminuía cada vez más. Observé el vestido, me imaginé a Cielo en él. Cuando y había menos gente le pregunté al guardia acerca del precio del vestido. El guardia me indicó el letrerito al costado del vestido, le hice saber que no sabía leerlo.
                - Tres mil soles cholito, ahora arranca que asustas a los que si van a comprar.
                Sabía que “mil” era bastante, y era mucho más de lo que yo tenía. Pensé que “mil” solo era usado por los millonarios, al igual que “millón” y que al final ambos significaban lo mismo. Volteé para irme y vi a Cielo. Estaba sola, sentí como si hubieran pasado miles de años desde la última vez que pudimos hablar. Me acerqué a ella, estaba nervioso. La saludé pero no me contestó, solo se molestó en desviar la mirada y evitarme. Tenía su atención fija en la puerta de la tienda.
                - “Oli”, tienes que irte, en serio.
                Y eso fue lo último que escuché de ella, esa fatídica noche del 24 de diciembre. Le hice caso y me fui, me alejé de ella pues me lo pidió. Caminé por la vereda unas 5 cuadras y pensé en que tal vez debería volver a vender rosas. Así ganaba un poco más de dinero, iba a preguntarle donde debía comprar las rosas pero al voltear vi al tipo que la acompañaba siempre junto a ella corriendo. Habían robado algo al parecer pues eran perseguidos por los otros dos tipos de seguridad. El tipo me vio y me golpeó a penas pudo, me tiró al suelo pero lo sujeté y no lo dejé avanzar. Me comenzó a patear en la cara, pero no dejé de sujetarlo. Los guardias llegaron en segundos y lo sujetaron, Cielo no estaba. Pronto apareció un patrullero y se llevó a ese sujeto cuyo nombre jamás supe. Me maldijo antes de que entrara al vehículo, pero no le di importancia.
                El paquete que robó no estaba, por suerte mi vestimenta me descartó de cómplice pues no podía ocultar nada. Cielo se lo había llevado pero no sabía dónde estaba. La busqué por los alrededores pero no la encontré. Ya cansado pensé en ir a la calle de las pizzas a mendigar algo y ahí la encontré. Estaba en la misma banca donde siempre me esperaba. Había alguien a su costado, este hombre parecía ser más viejo.
                - Entiendo – dije.
                El viejo  me miraba mal, estaba impaciente, quería que me vaya. Por su acento intuí que era extranjero. Cielo me miró esta vez triste y me dijo que no me convenía que anduviese con ella. Lo entendía todo, el viejo la tomó de la mano y se fue con ella. Nunca más volvió a voltear. La metió en un carro y los vi alejarse. Cuando ya no los pude seguir con la mirada escuché un estruendo que bien podría haber sido un choque. Era poco probable que fuesen ellos, no quería averiguarlo pero la sola idea de que muera me desgarraba. Las luces se comenzaron a apagar, volví a la tienda a ver el vestido que jamás compré. Solo había un maniquí desnudo. No pude más y comencé a llorar frente al vidrio. Me dolía el corazón  y no podía respirar. Ya no hacía frío, y si cerraba un poco los ojos, podía ver a Balita llamándome a lo lejos”
Fin

Cueno que mal escribí. No es lo mejor que he hecho.

1 comentario:

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