miércoles, 5 de enero de 2011

¡Con trompetas del cielo y trombones del demonio!


Que paz, que paz celestial, era la suntuosidad y la untuosidad hechas carne, como un pájaro de un raro metal celeste o como un vino de plata fluyendo en una nave espacial. La ley de la gravedad ya no cuenta para nada, mientras escuchaba, vi imágenes maravillosas.

Bueno, después de esa linda referencia a la naranja mecánica aquí les dejo mi historia, mis queridos hermanitos:

Recién entrado diciembre cuando vuestro humilde narrador aún seguía en clases, y comenzaba a leer un libro con los poemas de Neruda cuando mi pequeño poemario salió volando de mis manos y aterrizó de un golpe en la ventana abierta. ¿Que ca...?. Volteo, y está un compañero mío. Mi compañero más alto y gordo. "Recógelo" le digo, como estúpido que soy. Su mano me sujeta del cuello de la camisa, se ríe y al instante me lanza con toda y silla al suelo. Miles de maldiciones se cruzan en mi mente. El se acerca, los demás estudiantes miran con un morbo inhumano. "Van a pelear. Que sí, que sí. Sácale su mierda a ese idiota. ¿Por qué se pegan? ¿Por qué se pegan? Vamos, defiéndete marica. En la cara, en la cara." El gigante ahora solo me empujaba y me decía: "Vamos pues, defiéndete ¿Quieres tu libro? Responde pues."

Yo, que solo esperaba que terminara, estaba perdiendo la paciencia. Estiró sus brazos para empujarme una vez más y en ese intervalo de sus segundos, mi puño se desliza entre sus brazos y roza rápidamente su quijada. Una sorpresa general se da en el salón, pensé que había fallado pero súbitamente el gigante cayó de espaldas. Un pequeño grito se escuchó en la recién conglomerada audiencia seguido de un silencio pre-apocalíptico.

"Ya te jodiste" escuché por ahí. Mi atacante se comenzó a reincorporar, me acerqué a él y le pregunté si estaba bien. Me respondió con un violento golpe en el estomago seguido de otro en la cara. Caí al suelo casi llorando de dolor y no me dio ni un respiro porque ya me estaba pateando el estomago tan fuerte que rodé hasta la pizarra. El próximo golpe sería el definitivo pensé yo.

El gigante se fue a mi sitio y comenzó a romper mis cosas, aplastar mi cartuchera y arrancar las paginas de mis cuadernos, eso ya no me importaba, ahora solo quería sobrevivir a la paliza. El se dio vuelta y me vio intentando pararme se acercó rápidamente y vi mi final en sus ojos. Me tiré al suelo esquivándolo para que él golpeara la pizarra, funcionó y cogí el bastón del brigadier. Me acerqué a mi agresor a cambiar de papeles y con una poderosa y sonora estocada en la cabeza lo tiré al suelo nuevamente.

Pensé parar ahí. En sentimiento de culpa que sentí al golpearlo se volvió placer y comencé a golpearlo, saltar sobre su estomago y jugar golf con su cabeza. Y aprendí lo que significaba la hiperviolencia.

Hoy no hay moraleja, pero esto tampoco es un ejemplo de lo que debemos hacer mis queridos hermanitos.

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